viernes, 16 de noviembre de 2007

EN CARTELERA: MOLIÈRE * * * *

La vida del dramaturgo y actor del siglo XVII Jean-Baptiste Poquelin, mejor conocido como Moliere, ha tenido varias adaptaciones en la cinematografía francesa, desde la época del cine mudo en Molière (Léonce Pret, 1909), hasta películas más recientes como Molière (Ariane Mnouchkine, 1978), y una pequeña interpretación del actor turco Tchéky Kario en Le Roui Danse (Gérard Corbiau, 2000), como el autor favorito del rey Luis XIV. La última aproximación de la vida de este autor, que cimentó las bases de la comedia teatral, admirado incluso por el dramaturgo de la Ilustración, Voltaire, es en otro filme de título no muy original, Molière (Francia, 2007), del realizador Laurent Tirard.

Pésimamente titulada en español “Las Aventuras Amorosas del Joven Moliere” (vaya título, la verdad), si usted está buscando una biopic apegada lo más posible a la realidad, la película de Tirard está lejos de serlo. La película pone al dramaturgo como el hipotético protagonista de una cómica farsa romántica (al estilo de sus propias obras), con una magnífica ambientación, vestuarios, locaciones, música, buena fotografía, etc., y que tiene como plato fuerte la notable actuación de Romain Duris en el papel de Molière, convenciéndome cada vez más, desde que lo vi en Arsène Lupin (Jean Paul-Salomé, 2004), que es un actor hecho para la comedia.

Duris es capaz de ejecutar rutinas de comedia física, como de llevar a buen término un monólogo. Ya me gustaría verlo interpretar a Chaplin en alguna biopic del legendario comediante británico.

El trabajo de Tirard es una imaginaria interpretación de cómo Molière se pudo haber inspirado para la creación de dos de sus grandes obras, El Tartufo y Le Bourgeois Gentilhomme. Estamos a mediados del siglo XVII, y Molière tiene el privilegio de poder montar una obra en el Teatro Real de París. Para inspirarse, recordará un episodio de su vida trece años atrás, cuando por una deuda de más de 130 francos irá a parar a la cárcel. Un acaudalado empresario, M. Jourdain (Fabrice Luchini, espléndido), le propone a Molière pagar su deuda a cambio de que le ayude a conquistar a una atractiva chica de la nobleza, Célimène (Ludivine Sagnier), escribiéndole versos que le enviará a través de un oportunista y fraudulento sujeto, Dorante (Edouard Baer).

Las cosas se complicarán cuando Molière se instale en casa de Jourdain, haciéndose pasar como un sacerdote y tutor de la hija menor de éste, de nombre Tartufo, y se enamore de la esposa del empresario (la italiana Laura Morante), dando lugar a una serie de cómicos enredos dentro de la residencia, instalada en la campiña.

La película es entretenida, tiene muchos momentos divertidos (aquella lección de actuación que Molière da a Jourdain, para enseñarle cómo imitar a un caballo), es bastante vistosa en cuanto a su producción (como siempre en esta clase de filmes franceses), pero lo mejor es que el realizador no se preocupa tanto por este aspecto en cada escena, sino en la dirección de todo su reparto, en cuidar los diálogos y la manera de decirlos en sus actores.

Molière será un personaje como sacado de la pluma del mismo dramaturgo. Cuando creemos que nada más estamos presenciando a un Molière coqueto, frívolo, estúpidamente divertido, veremos, avanzada la segunda mitad de la película, que también existe el Molière sensible, humano, capaz de sufrir, en una vuelta de tuerca que llevará al actor bufonesco a encontrar al verdadero escritor y artista en el que se convirtió, al gran observador y crítico de la nobleza y la burguesía.

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