martes, 28 de febrero de 2012

TÔKYÔ SONATA * * * *


La lenta fragmentación de una familia en "Tokyo Sonata"

Un retrato inusual sobre el Japón moderno y su situación social. Kiyoshi Kurosawa, más conocido por sus películas de terror psicológico (“Kairo”, la cual Hollywood ya ha convertido en una no muy exitosa franquicia en Pulse), se aventura a ofrecer la otra cara del Japón como la economía más poderosa; del Tokyo como metrópoli luminosa y tecnologizada, con un melodrama familiar que habla del desempleo y la violencia intrafamiliar. En muchos momentos, el filme recuerda al cine de  Ozu, especialmente, en su económico estilo visual, en donde Kurosawa apuesta por una cámara más estática, de escasos movimientos. Esto nos adentra profundamente en la triste realidad de una familia de clase media, los Sasaki, justo cuando el pater familias, Ryuhei (Teruyuki Kagawa) es despedido de su trabajo por recorte de personal. Sin embargo, decide ocultarlo a su esposa  Megumi (Kyoko Koisumi) y al resto de su familia, formada por dos hijos, Takashi (Yu Koyanagi) y Kenji (Kai Inowaki).
El padre es de carácter explosivo, violento, machista. No ayudará mucho la frustración que siente de verse formando largas filas en las agencias de empleo, en donde le ofrecerán trabajos muy por debajo de su experiencia laboral. Además, cada día hace fila para recibir comida gratuita en la calle, en donde resulta impresionante ver esperando turno desde gente de la calle, vagabundos, hasta uno que otro profesionista. Por otro lado, Kenji, un niño tímido, desea tomar clases de piano, las cuales le son negadas de una manera castrante por su padre. Mientras, Takashi, el mayor, llega con la noticia de que quiere enrolarse en el ejército y ser enviado con las tropas estadounidenses al Medio Oriente. No será muy difícil adivinar la respuesta de Ryuhei.  
Megumi lidia con estos enfrentamientos de una manera algo pasiva y sumisa, pero tarde o temprano también le tocará vivir una aventura traumática, que le hará cambiar completamente la perspectiva sobre su situación familiar e incluso su propia vida. ¿Es realmente feliz? ¿Debería seguir el consejo del rebelde Takashi y divorciarse? A Kurosawa no le interesa tanto hacer una aproximación al extremo realista (como en Los Lunes al Sol, que trata las mismas problemáticas), ni tan dramática. Su aproximación es una en la que se permite instantes líricos (la escena en la playa con Merumi), así como instantes de comedia (la secuencia del inexperto ladrón en la casa) y un lado sensible por parte de Kenji (practica piano con un órgano descompuesto que encontró en la calle). Llega un momento en que pensamos que habrá una subtrama en el personaje de la maestra de piano (Haruka Igawa), justo cuando (tal vez de una manera no muy creíble) esta comience a compartir con el niño historias de su vida personal. Lo más predecible hubiera sido pensar “la maestra intervendrá por Kenji ante su padre”. Nada más lejos de lo que sucederá. La historia se ocupa más en el suspenso de ver cuánto tiempo Ryuhei podrá mantener el secreto ante su esposa, de ver cómo esta decisión va destruyendo poco a poco a su familia. Kenji será quien tenga reservadas una o dos sorpresas al final, muy musicales por cierto.  



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