lunes, 6 de julio de 2009

LA BALSA DE PIEDRA * * 1/2

En "La Balsa de Piedra", se intenta adaptar, con pobres resultados, una fantástica premisa sobre la separación de la Península Ibérica del continente europeo.






No es tarea fácil plasmar en cine una metáfora sobre las fronteras abiertas que ha pretendido construir la Unión Europea. El director francés George Sluizer, lo ha intentado en La Balsa de Piedra (2002), y los resultados no me han parecido del todo logrados. Aunque no he leído la novela homónima del escritor portugués José Saramago, tal vez la premisa fantástica que plantea en su libro requería de un realizador con más imaginación, que supiera traducirlo en imágenes, y en especial, con más humor.

El detonante del relato es la separación de la Península Ibérica del resto de Europa. Se involucran temas que conciernen a los países de la península, España y Portugal, como la polémica cuestión de Gibraltar y la pelea de los británicos por ese pedazo de tierra. La película pudo haber tenido un mejor tono de comedia política, sobre todo, por las situaciones en las que se ven inmersos los personajes.

Lo que sí logra George Sluizer (The Vanishing, Utz, Crimetime), es un trabajo de imágenes poéticas y escenas impresionantes, como la escena cuando se abre la inmensa grieta en los Pirineos, causando un estado de crisis extrema ante los esfuerzos infructuosos de la autoridad, encarnada por la actriz Antonia San Juan. A partir de este hecho, se formará un variopinto e interesante grupo formado por Joana (Ana Padrao), mujer que posee una vara capaz de abrir pequeñas grietas en la tierra, Joaquim (Diogo Infante), un hombre que pudo lanzar una gran piedra al mar sin que ésta se hundiera; José (Gabino Diego), maestro de escuela, a quien de repente lo comienza a perseguir una numerosa parvada (su primer encuentro con las aves fuera de su escuela, parece extraída del clásico The Birds), Pedro (Federico Luppi), un farmacéutico que percibe los terremotos de manera anticipada, y María (Iciar Bollain), una viuda española que a partir de un calcetín logra formar una inmensa bola de estambre. Es una extraña alianza, con unos propósitos poco claros que no logran definirse en el transcurso del filme.

Además, un perro, a quien llaman “Fiel”, se les une en su travesía en la península, separada del continente y con rumbo desconocido por el océano Atlántico. Mientras, nuestros aventureros escuchan por la radio el estado de emergencia que impera en la ahora isla en movimiento.

El problema que rodea a La Balsa de Piedra, es que el guión (escrito por el mismo Sluizer junto a Yvette Biro), se va alejando poco a poco de la fantástica situación inicial, que funciona, como la misma alianza de los personajes, como una metáfora de la unión entre las dos naciones que comparten la península. La crisis que ocasiona la separación de la península, reflejada maravillosamente en el inicio, pasa a segundo plano para concentrarse exclusivamente en las relaciones sentimentales que surgen entre los personajes, previsibles desde el comienzo.

El punto fuerte de la película terminan siendo algunas situaciones graciosas y demás peripecias (de tintes mitológicos) por las que pasa el grupo, como las cómicas dificultades que tiene que sobrellevar José para vivir con la parvada, volándole encima todo el tiempo, o el conmovedor vinculo que establece Pedro con el perro. Son puntos a favor de un filme que termina tambaleándose ante los romances que empiezan a surgir, que se sienten introducidos a la fuerza en el guión (¿existirán estos romances en la novela?), al igual que lo disparejo que se sienten los diálogos en español y portugués. Inexplicablemente, los personajes se entienden entre sí sin dificultades, como por obra de la misma magia que pretenden poseer y emanar.

Fuera de estos contados aspectos positivos, la película resulta cansada, algo aburrida y plana, sin que su premisa termine por interesar del todo. Tal vez sea demasiado exigirle a una película europea de estas características, pero el director jamás se preocupa (ni siquiera un poco) por mostrarnos el estado de isla “navegante” de la península, hasta la escena final, cuando entra en contacto con la costa y se observa rodeada por el océano, creado digitalmente y con una apariencia acartonada.

Pero ese detalle técnico y formal es el menor de sus problemas. Al final, queda la impresión de haber visto la obra de un buen escritor, como lo es Saramago, mal adaptada, inaccesible al espectador, con sus mensajes y metáforas de unión apenas transmitidos con una mínima eficacia.

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