domingo, 10 de febrero de 2008

EL HOLLYWOOD DE AYER: THE BAND WAGON * * * *

Los últimos 20 minutos de The Band Wagon (E.U., 1953), son magistrales. Una película que, luego de flojear un poco en su primera hora, sorpresivamente se eleva al final por encima de lo que ofreció al principio. En aquellos últimos minutos que refiero, Fred Astaire ejecuta un maravilloso número musical, un pequeño relato gangsteril en el que la narración verbal de Astaire, sus estupendas coreografías y la musicalización, se conjuntaban para ofrecer un espectáculo, sencillamente, artístico.

Me atrevo a decir que este número musical, sirvió de inspiración al ahora decadente Michael Jackson en Moonwalker (Chilvers-Kramer-Vinton, 1988), donde el blanqueado y cirujeado bailarín, llevaba a cabo un número musical, vestido exactamente igual a Fred Astaire (traje y sombrero blanco), con su pandilla de gangsters desafiando la gravedad en un bar y hacer lo que mejor sabe: bailar, y dar giros sobre su propio eje.

Dirigida por Vincente Minnelli, The Band Wagon narraba el renacimiento de Tony Hunter (Astaire), otrora actor de cine, cantante y bailarín, convertido ahora en un simple y -algunas veces- chocante recuerdo. La prensa y Ava Gardner (que hacía una fugaz aparición en la película interpretándose a sí misma), son los únicos que recuerdan a Tony, hasta que a su retorno a Nueva York (en concreto a la calle 42, irreconocible para él), sus amigos Lester y Lily Marton (Oscar Levant y Nanette Fabray, respectivamente), matrimonio inmerso en la vida musical de Broadway, le proponen participar en un nuevo proyecto: una moderna reelaboración del Fausto, bajo la dirección de un emocional y excéntrico actor, Jeffrey Cordova (el británico y también actor de musicales Jack Buchanan).

Decía que el filme flojeaba durante la primera parte. En ella, Fred Astaire cantaba (y muy bien) más que bailar, cosa que se compensaba gracias a las excelentes y vivaces canciones que interpretaba junto al resto del reparto (escritas por Howard Dietz y Arthur Shwartz). El guión no era extraordinario, pero si tenía una particularidad destacable era el saber reflejar un interesante choque emocional-cultural, representado en el ya maduro Tony Hunter y la guapa bailarina de ballet clásico, Gaby Gerard (Cyd Charisse), la cual también participaría en la obra. Hunter era un bailarín y cantante popular, mientras Gaby pertenecía al universo del ballet, por lo que él está temeroso de no adaptarse al estilo de bailar de su compañera. Incluso Hunter se preocupará de no ser lo suficientemente alto para Gaby.

Algo que también perjudicaba al filme, es que se llevaba mucho tiempo en los ensayos, fallidos por las inseguridades de Hunter, la falta de acoplamiento entre todos los actores, los efectos especiales peligrosos y la total falta de entendimiento con la dirección de Cordova. Sin embargo, el aspecto interesante de este musical (considerado como uno de los mejores de la MGM), es que conforme avanzaba la trama, el relato se transformaba en una especie de reflexión paródica de un Fred Astaire ya entrado en años (evidentes en los primeros planos que Minelli le hacía a su rostro), así como una revisión tragicómica de su notable carrera artística.

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