martes, 1 de julio de 2008

TAPAS * * 1/2

En Tapas (2005) existen casi los mismos defectos que en Piedras (2002), e incluso sigue su misma fórmula de historias paralelas que acaban entrelazadas. El problema, es que en este sobrevalorado filme de José Corbacho y Juan Cruz (también guionistas del filme), no han sabido cómo hacer que sus historias se relacionen exitosamente, ni hacer que sus protagonistas nos interesen lo suficiente.

Estos mini relatos giran en torno, como su nombre lo indica, a un bar de tapas, ese suculento aperitivo al que soy tan afecto, instalado en el barrio de Santa Eulalia en L’Hospitalet. Sin embargo, dicho manjar no es más que un pretexto para convertirnos en testigos de las vidas vacías de un grupo de personajes (e incluso de un pequeño perro) en este barrio de Barcelona, en donde, como es de esperarse, todo puede ocurrir.

En este tipo de filmes, no todas las historias funcionan como debieran y una siempre acaba opacando a las otras, en este caso, es la historia de doña Conchi (Maria Galiana), una anciana que se dedica a vender drogas en el bar, contando entre sus clientes al estúpido empleado de un supermercado (Darío Paso), un tipo de mente perversa que no sabe hablar de otra cosa que de sexo y de lejanas ilusiones de acostarse con italianas. La historia de doña Conchi, al menos para mí, es la mejor, la más conmovedora y menos convencional de todas, en su sentimental retrato de la vida que lleva junto a su esposo, enfermo de enfisema, buscando encender nuevamente la llama del amor.

De no ser por su misoginia, el filme se hubiera salvado aunque sea un poco. Las únicas mujeres del filme (dejemos fuera a Doña Conchi por un momento) son unas desesperadas mujeres dispuestas a encamarse –según dicen- con quien se les ponga enfrente; una madura prostituta que hace llevaderos los días del dueño del bar, Lolo (Ángel de Andrés López), y otra mujer desesperada (Elvira Mínguez), con una vida personal donde ni el amor ni una vídeo funcionan bien, hasta que decide “experimentar” con un chico mucho más joven (Rubén Ochandiano), mientras mantiene una relación por chat con un hombre en Buenos Aires.

¿Y cómo se salva Tapas de caer en el más profundo abismo? Por esa simpática relación profesional que surge entre Lolo y su nuevo cocinero chino, dispuesto este último a aprender más de cocina española viendo lecciones de Ferrán Adrià por tele, o como decía –e insisto-, por la historia de Doña Conchi y su marido, así como por algunos aspectos más formales en la realización, como la estupenda fotografía de Guillermo Granillo o el buen diseño de arte de Mireia Carles, olvidándonos así de lo medianamente resueltas que están las tres historias. Lo demás.... no es más que puro material desechable, destinado a quedar en el olvido.

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