lunes, 7 de julio de 2008

LA DOLCE VITA * * * * *

Federico Fellini logró en La Dolce Vita (1960) una sensible y festiva disección del mundo del espectáculo, los socialités y la bohemia de principios de los 1960. Roma era vista por Fellini como una agitada metrópoli, llena de vida y sin descanso, poblada de seres con una sola cosa en la cabeza: diversión y... nada más que diversión.

Marcello Mastroianni interpretaba a un periodista y bon vivant, que lo mismo cubría la escandalosa llegada de una bella actriz sueca (Anita Ekberg) a la capital italiana, como una morbosa nota sobre la fraudulenta aparición de la Virgen Maria. Marcello, nombre del periodista en cuestión, lleva también una consumada vida de “playboy” conquistando mujeres guapas en fiestas y eventos, dejando en el olvido a Emma (Yvonne Furneaux), su novia, con quien lleva una tormentosa relación.

Las aventuras de Marcello son un recorrido existencial y romántico por su liberal vida, que aspira algún día a formar una familia, contraparte más conservadora encarnada por Steiner, uno de sus mejores amigos, pero que el periodista nunca puede tener. Es el proceso de maduración de un tipo que se declara incapaz de aceptar un compromiso emocional serio, de pertenecer a una sola mujer, de sentar cabeza, hasta que ve una luz en el camino en ese pacífico final en la playa: Marcello mira de lejos a esa guapa jovencita, que le hizo sentir que la vida es algo más que él mismo y su egoísmo.

La Dolce Vita es el retrato de la agitada vida de las celebridades, de su conflictiva relación con los medios y del periodismo basura, como los chismes en los tabloides. Fellini mostraba a la élite fotoperiodística de los paparazzi, como fotógrafos que hacían de todo con tal de conseguir imágenes exclusivas de las estrellas y celebridades, en su vida íntima y cotidiana. Nada alejado de lo que son ahora.

El trabajo de Fellini encuentra en esta época una vigencia impresionante, en un relato muy humano a pesar del mundillo de la farándula en el que está instalado. La actuación de Marcello Mastroianni es grande, ya que supo imprimirle a su “Marcello” una insufrible parte masculina y otra carismática, incluso vulnerable, además es notable el bello trabajo fotográfico de Otello Martelli y la simpática banda sonora escrita por Nino Rota.

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