jueves, 29 de enero de 2009

WATERLOO BRIDGE * * * *


Un avejentado capitán mira nostálgico una figurilla en su mano, desde el puente de Waterloo, en Londres. De ahí, irá hacia los recuerdos de una relación que lo dejó marcado para siempre. Todo es perfecto en esta escena, de las primeras que abren Waterloo Bridge (1940), un dramón romántico en donde el realizador Mervyn LeRoy supo hacer un sabio uso del artificio.

Remake de la película dirigida por James Whale en 1931 -que no he visto-, la versión de LeRoy es realmente notable, escrita por los guionistas S.N. Behrmann, George Froeschel y Hans Rameau, basándose en la obra teatral de Robert E. Sherwood. Al parecer, comparando ambas versiones, la segunda resultó más noble e inocente. En la primera película, la desafortunada protagonista era una prostituta que conseguía clientes rondando por el puente de Waterloo, para enamorarse de un soldado de buena familia. En el filme de LeRoy, una talentosa bailarina de ballet acaba convertida en prostituta por el amor del capitán Roy Cronin, interpretado excelentemente por Robert Taylor.

Vivian Leigh lucía bellísima en su papel de Myra, la bailarina en cuestión, con sus ojazos penetrantes y su hermoso rostro, mirando enamorada a Roy desde su encuentro en un refugio en la ciudad de Londres, durante un bombardeo en plena Primera Guerra Mundial. Los constantes llamados de Roy al campo de batalla, obstaculizarán mucho su relación. Para Myra, será su demandante carrera en la Compañía de Danza, donde la disciplina y las reglas se representan en la férrea figura de su instructora, Olga Kirowa (la actriz rusa Maria Ouspenskaya, en una pequeña pero eficaz actuación).

La crisis llega cuando Roy aparezca en la lista de muertos en un diario, situación que llevará a Myra a prostituirse, expulsada de la academia y sin un centavo para comer. Waterloo Bridge es la historia de una apasionada y hermosa chica, con un futuro prometedor en el mundo del baile, que acaba echando por la borda todo lo conseguido por el amor hacia un militar de buena familia. Resultan notables las actuaciones de Lucile Watson, como la amable madre de Roy, así como de C. Aubrey Smith, como su tío de afrancesado bigote, también militar de carrera.

Además del gran trabajo de realización de LeRoy, el filme está plagado de pequeños pero lucidores detalles, como la banda sonora de Herbert Stothart (nominada al Oscar), donde destaca una maravillosa orquestación de la música de “El Lago de los Cisnes”. La pieza musical del nacimiento del cisne, ejecutada por Myra ante el sorprendido Roy, se transformará en un leit motiv en los momentos de soledad e indecisión de Myra. La edición a cargo de George Boemler y la fotografía de Joseph Ruttemberg, son técnicamente estupendos. Ruttemberg es capaz de crear atmósferas ásperas y nocturnas, con una buena dosificación de la luz.

Por su parte, Vivian Leigh interpretó uno de los mejores papeles de su carrera, superando –para mi gusto- su trabajo en Gone with the Wind (1939). Su mayor logro como actriz en Waterloo Bridge, fue haber conseguido reflejar un auténtico sentimiento de desasosiego y desesperanza, sin necesidad de caer en desplantes lacrimógenos ni sobreactuaciones. Apenas y una lágrima se verá en su rostro, cuando el sentimiento de culpa por su forzada prostitución la invada, ante la incredulidad de verse a sí misma pasear por la calle buscando clientes.

El único reproche que le hago a este excelente filme romántico, es la ingenuidad del guión, de cierta torpeza con la que trata a sus personajes a la hora de enfrentarse a un tema tabú en esa época: la prostitución. Ni Myra, ni Roy, ni algún otro personaje, pueden siquiera articular la endemoniada palabra “prostituta”. La lengua parece dolerles ante tal hecho. Lo peor, es que ante la censura, los guionistas y el realizador pretendían hacer creer al espectador que los personajes, sin mayor explicación, sobreentendían de lo que hablaban: del “oficio más viejo en la Tierra”, sin siquiera pronunciar la palabreja.

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