martes, 13 de mayo de 2008

CINE INÉDITO: BABÍ LÉTO * * * *


Si hay un momento en que Babí léto (República Checa, 2001), sexto largometraje del director y guionista checo Vladimír Michálek, demuestra suma dignidad, es aquella escena que tiene lugar dentro de un improbable juicio de divorcio... entre una pareja de ancianos. Según argumentan ya no pueden vivir juntos por “incompatibilidad de caracteres”. En ese momento, la expresión de niño regañado del actor especialista en comedia, Vlastimil Brodský, alcanza cotas altas.

Babí léto fue el último filme de Brodský, quien al año siguiente decidió suicidarse debido a una enfermedad que lo había debilitado demasiado. Mucha de esa debilidad física se nota en la película, pero su talento logra sacar adelante a su personaje, un septuagenario hombre que se niega a envejecer, al menos desde el punto de vista de su esposa, Emílie (Stella Zázvorková, estupenda).

El filme se sostiene gracias al extraordinario rapport que consiguen los dos protagonistas en cada una de sus escenas. Uno podría jurar que Brodský y Zázvorkova son pareja en la vida real, al ver las encantadoras discusiones que tienen cada vez que Frantisek (Brokský), ex maestro y miembro emérito de la Opera Italiana, comete una travesura.

Frantisek vive con Emílie en un apartamento que, en parte, mantiene su hijo Jára (Ondrej Vetchý), agente funerario, padre de tres niñas y un bebé, quien padece las constantes discusiones de su dominante esposa con su hermana dentro de casa. Frantisek vive despreocupadamente, gusta de pasear con su amigo Eda (Stanislav Zindulka) y visitar grandes residencias en venta que nunca podrá comprar. Son un par de viejos verdes, que piden besos a mujeres atractivas para permitirles el paso en el metro, y se divierten bebiendo como dos jóvenes sin compromisos.

Mientras Frantisek lo pasa estupendo con su amigote Eda, Emílie vive preocupada por él en casa, por el dinero, por su futura muerte y lo cuidada que quiere que sea. Fanática de los obituarios poéticos, Emílie ya tiene comprado un espacio en el cementerio e incluso sabe qué ropa quiere llevar puesta en su funeral.

La pareja de ancianos tiene sus rasgos cómicos en lo antagónicos que terminan siendo: a Frantisek lo que menos le preocupa es la muerte, él solo quiere vivir al máximo, aprender francés, ahorrar para comprar una casa con alberca y viajar en globo por todo el mundo. Emílie le reprocha que no se preocupe de la muerte y de derrochar irresponsablemente el dinero en sus fantasiosas aventuras.

Siguiendo los pasos de Bergman o Kieslowsky, el joven director Michálek termina ofreciendo una cómica y entretenida reflexión sobre la muerte, la vejez, no tanto como una etapa terminal, triste, de amargura y soledad, sino como una edad en la que todavía se puede vivir intensamente, mirar con buenos ojos a jovencitas atractivas, hacer travesuras (robarse el periódico del vecino y regresarlo después) o bromas pesadas (hacerse el muerto).

La realización de Michálek no tiene mayores complicaciones: una cámara dinámica, con la que prácticamente envuelve a todos sus personajes, sacando provecho del carisma de Brodský, un actor que logra combinar varias emociones de un solo golpe: lo cómico con lo melancólico (esas miradas de inocente hipocresía), la divertida inocencia infantil con el arrepentimiento honesto, en un filme realizado con una gran capacidad de observación de Michálek sobre el universo de la tercera edad.

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