martes, 16 de septiembre de 2008

ONE HUNDRED AND ONE DALMATIANS * * * *

Después de The Lady and the Tramp (1955), una de las fábulas perrunas más famosas de la casa Disney, siempre he preferido más a One Hundred and One Dalmatians (1961), a pesar de lo encantadora que resulta la primera. No nada más su historia es más emocionante y perturbadora, sino que su concepto visual es más cercano a un relato romántico y de misterio del siglo XIX para niños.

Calles obscuras, llenas de neblina, en una Londres nocturna con un matrimonio de clase social media como protagonista, eran los elementos que poco a poco iban construyendo una historia que, de ser un encantador relato romántico, pasaba a ser una suerte de thriller siguiendo la formula de los “grandes rescates” con un equipo disparejo. El elemento más perturbador era su villana, de las más horripilantes y despiadadas en la historia de la Disney, Cruella De Vil (voz de Betty Lou Gerson), una verdadera bruja que vestía con elegancia, y que busca hacerle la vida de cuadros a Roger (voz de Ben Wright), un sencillo músico, dueño de un dálmata de nombre Pongo (voz nada menos que de Rod Taylor).

Gracias al paseo por el parque de sus respectivos dueños, Pongo y una guapa dálmata, Perdita, se conocían, enamoraban y luego, en una noche algo sórdida, daban luz a 15 cachorros. Las intenciones de Cruella De Vil son claras y desde el inicio la empezamos a odiar: apoderarse de los perritos para fabricar abrigos con su piel moteada.

La historia del gran rescate se antoja imposible, al convertirse en una aventura que adquiere enormes dimensiones, cuando a los 15 cachorros secuestrados por la De Vil se juntarán otros... ¡86 perritos!, a punto de acabar también como abrigos. Pongo y Perdita, con la ayuda de otros animales en una granja, se llenarán de valentía para salvar, no nada más a sus cachorros, sino a todos los demás 86 dálmatas.

La fórmula de esta entretenida historia es la que ahora se usa mucho en Hollywood: el padre que decide tomar justicia por su propia mano para rescatar a su hijo secuestrado, ante la ausencia o ineficacia de la policia, esta última, por cierto, completamente ausente en el relato. Pero con unos perros brillantes, que admiran a un heroico perro de un programa de televisión, quién necesita a Scotland Yard.

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