miércoles, 9 de abril de 2014

HUGO * * * * *


EL VERDADERO MAGO DEL CINE.
Ben Kingsley como George Méliès, y Asa Butterfield como Hugo Cabret.

Martin Scorsese trajo dos sorpresas al filmar Hugo: primero, el proyecto de adaptar un libro infantil (The Invention of Hugo Cabret, escrito por Brian Selznick); luego, que este sería en 3D. Los críticos y seguidores de sus filmes quedamos perplejos. Scorsese confesó que esto último no tenía nada de extraño, ya que el 3D (o mejor dicho, la estereoscopia) existe desde los inicios del cine mismo. Además, el libro le ofreció una excusa para dedicarle un magno homenaje a Georges Méliès (Ben Kingsley, portentoso), aficionado a la magia y genio de los efectos especiales, que hizo del cine, desde sus orígenes, una herramienta para crear un mundo de -literalmente- magia y fantasía (podría decirse que fue el creador de dicho género en el cine).

Hugo es una carta de amor de Martin Scorsese al cine. En ese sentido, el realizador nos hace redescubrir  el cine a través de los ojos del niño protagonista, el Hugo del título (Asa Butterfield), un niño huérfano que vive en los rincones ocultos de una estación de tren, en el París de los años 1930. Su padre (Jude Law), encargado de mantener el reloj de la estación, le ha dejado como herencia un  "automaton" (vamos, un robot), el cual nunca pudo ver funcionar, debido a que la llave para darle cuerda se encuentra perdida. 

La historia tiene un sabor dickensiano, y si a eso se le agrega un giro fantástico sorprendente (de un realizador caracterizado más por historias de gángsters que otra cosa), el filme no nada más es capaz de entusiasmar hasta las entrañas a cualquier ferviente cinéfilo (como quien esto escribe), sino que también tiene todo para mantener fascinado a audiencias adultas e infantiles. Scorsese nos sumerge en un bullicioso microuniverso, representado en la estación de tren. Recrea maravillosamente cada detalle de una estación de esa época, en donde encontramos, en ese guardia de la estación interpretado por Sacha Baron Cohen, la representación de la intolerante y abusiva autoridad. En sus últimos años de vida, el viejo Méliès, pobre y olvidado, tuvo un negocio de juguetes. En el filme, dicho negocio está ubicado en la estación. 

Tanto Hugo como su amiga, Isabelle (Chloë Grace Moretz, con acento británico), ahijada de Mélies, en una encantadora licencia artística, se dan a la tarea de traer al cineasta del olvido, al tiempo que nos llevan por un viaje por la historia del cine, espectacular visualmente, brillante cinematográficamente,  y   didáctico al mismo tiempo. La historia acaba resultando un cuento de hadas moderno, ambientado en la época de entreguerras: un rey caído (el padre de Hugo), un príncipe (el mismo Hugo), una princesa (Isabelle), un villano (el guardia), y un mago (Méliès).

Mención aparte merece el diseño de arte. Además de la referida estación de tren (en donde se desarrolla la mayor parte de la historia), vemos en la segunda mitad una magnífica reconstrucción de los sets que usó Méliès en muchos de sus cortos (sus adaptaciones de clásicos de Verne, "Viaje a la Luna", "20,000  Leguas de Viaje Submarino", etc.), mientras este rememora sus pasadas glorias. Parece que estamos en el "detrás de cámaras" de estas primitivas producciones, con todo y el viejo arte de los primeros efectos especiales, en un ejercicio de cine dentro del cine ambientado genialmente. Su riqueza visual merece verse no una, sino dos o hasta tres veces.



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