martes, 3 de abril de 2012

TORN CURTAIN * * * *

Julie Andrews y Paul Newman.

La segunda película de Hitchcock con el tema de la Guerra Fría (luego de North by Northwest, 1959) y la primera -y única- en donde Paul Newman trabajó con el maestro del suspenso. Si bien nunca se consagró una mancuerna como la de Hitch con Jimmy Stewart o Cary Grant, es un trabajo de Newman digno de verse. En este intrigante relato de espionaje, Newman interpreta, de esa manera relajada, nada forzada, natural y fría tan suya, a un científico americano, a punto de venderse al gobierno de la Alemania comunista. 

Como su pareja sentimental en la película, Julie Andrews (ya con dos éxitos detrás, Mary Poppins y The Sound of Music), podría parecer de lo más improbable en un principio. Andrews es de las actrices que uno menos esperaría ver en un relato de estas características, con esa aura inocente, ojos de perrito triste y rostro, si bien atractivo, vulnerable. Uno tal vez pensaría "¿En qué momento va a empezar a cantarle a Paul Newman?" Sin embargo, Julie Andrews sorprende en su actuación como la dolida asistente y prometida de nuestro científico, la cual pasa toda la primera mitad de la película sin saber por qué este ha roto su compromiso con ella y la ha mandado de regreso a Estados Unidos, casi a punto de llegar a Alemania. Algo como lo que uno puede pensar de Doris Day en su participación en el remake que Hitch hizo de su propia película, The Man Who Knew to Much (1956), la cual también logró adaptarse magníficamente a trabajar con un maestro del nivel de Hitchcock.

A pesar de todo, la chica decide seguir a Michael Armstrong, el científico en cuestión, y averiguar por qué la ha dejado. Sin duda, es una película menor en la filmografía de Hitchcock.  No hay nada particularmente notable en lo visual o en lo técnico. Su propósito es, simplemente, construir un filme palomero, entretenido y cargado con buenas dosis de emoción y adrenalina. Los personajes, quienes deparan sorpresas, van creciendo gradualmente junto a la narración, junto al mismo relato. Michael  es un personaje cargado de dilemas, tanto en lo profesional como en lo sentimental, sin dejar de lado lo moral. Está a punto de traicionar a su país, perder a la mujer que ama, pero nada lo detiene. La estrategia de Hitch es hacer que Michael esconda su secreto lo más que pueda, y no revelarlo hasta el momento adecuado, o hasta que ya sabe lo desesperados que podemos estar por saberlo. 

Hitchcock crea expectativas sobre este personaje durante la primera mitad, hasta que un magistral giro en la historia tiene lugar al final del segundo acto. Es donde lo verdaderamente interesante comienza, luego de esa escena dentro de un salón de clases, en donde Michael tendrá un debate en el pizarrón con otro eminente científico alemán (Ludwig Donath), arrojándose uno a otro fórmulas jeroglíficas. Michael se encuentra en una misión secreta, en donde tendrá que, no nada más infiltrarse en Alemania Oriental y soportar la constante vigilancia y acoso de un agente, sino extraer un importante secreto científico a aquel eminente profesor alemán. Un secreto nuclear. De las mejores escenas es, precisamente, el enfrentamiento de Michael con este agente en una pequeña casa en el campo, en donde, inesperadamente, ante su sorpresa -y la de nosotros espectadores- es ayudado por una humilde granjera para matarlo. Y si Hitchcock gusta de escenas climáticas dentro de teatros, esta película no será la excepción. Otra escena construida con precisión y claustrofóbica ansiedad. 

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