domingo, 23 de abril de 2017

OZZY * * 1/2

PERROLLÓN. Ozzy, un beagle con "sueños de fuga".
En películas de animación los perros son una apuesta –casi siempre- segura de que habrá diversión peluda garantizada. “Rápido y Peludo” (2016), producción hispano-canadiense, hace una apuesta hacia algo más grande y arriesgado: una historia que es, básicamente, una trama carcelaria de “grandes escapes”, protagonizada casi en su totalidad por perros parlantes. Y aunque el filme, dirigido por los españoles Alberto Rodríguez (en su primer largometraje animado) y Nacho La Casa (co-director), y escrito por Juan Ramón Ruíz de Somavía, lleva un par de premios en su haber (Ganador del premio a “Mejor Largometraje de Animación” por el Círculo de Escritores Cinematográficos, y el premio Gaudí al “Mejor Filme de Animación”), que nos hacen tener más expectativas respecto a lo que al final acaba ofreciendo, “Rápido y Peludo” es un efectivo entretenimiento para la audiencia a la que va dirigida: el público infantil.

La película, protagonizada por un perro ojiazul, aterriza de manera aceptable sus referencias a películas clave ambientadas en prisión, y que intentan reflejar la torturante vida en su interior. Tal vez los peques no las captarán, pero los adultos que se animen a darle una oportunidad al filme encontrarán referencias muy obvias para cinéfilos a películas como Papillón (1973) y Escape de Alcatraz (1979), hasta más recientes, como Sueños de Fuga (1994). Ozzy, nuestro héroe, es un beagle que lleva una vida feliz junto a su familia (eso cuando el niño que entrega el periódico no está atormentándolo junto a su pit bull), formada por un joven matrimonio de artistas que se dedican a hacer cómics. Pero es la pequeña hija  con quien el perro pasa los mejores momentos, especialmente, jugando al frisbee. Sin embargo, cuando la familia tiene que viajar a Japón durante un mes a una convención de cómics (¿hay convenciones tan largas de cómics?), no sabrán qué hacer con Ozzy. Para poder viajar, el perro tendría que pasar antes un periodo en cuarentena. Lo malo, es que no hay mucha gente disponible para cuidarlo mientras ellos se van de viaje.

La solución será dejar a Ozzy en un Hotel-Spa para perros, con todos los servicios que un hotel para humanos podría tener. Los problemas para el pobre Ozzy comienzan cuando descubre que el hotel no es más que la facha para cubrir lo que en realidad es una cárcel, en donde todos los perros que ahí caen son hechos prisioneros, y obligados a trabajar fabricando frisbees. A pesar de que al principio la historia no se sostiene muy bien, e incluso, es algo inverosímil (¿no había algo más accesible y económico como una pensión para perros, por ejemplo?), la trama despega verdaderamente cuando nuestro protagonista llega a la cárcel. Ahí conocerá a un perro salchicha con anteojos de fondo de botella (claramente inspirado en el Louis Dega interpretado por Dustin Hoffman en Papillón), su compañero de celda, con quien planeará el gran escape de la prisión. Esto al ritmo de una banda sonora con clarines y flautas, que recuerdan la música de The Great Escape (1963), otro clásico filme de “grandes escapes” que, como Papillón diez años más tarde, fuera protagonizado por Steve McQueen. (tal vez de ahí los ojos azules de Ozzy).

¿De dónde lo de “Rápido y Peludo”? Como si Ozzy no tuviera suficiente con ser explotado y torturado en prisión, un perro chihuahua de nombre Vito, el clásico líder del lugar que a donde quiera que va está escoltado por perros boxer, lo acabará reclutando “voluntariamente a fuerza” para competir en carreras arregladas. Su mayor reto será vencer a un contrincante protegido por el jefe de la prisión, quien es un San Bernardo aficionado a construir modelos a escala con piezas en forma de huesos.


Quizás Ozzy sea más disfrutable si a uno le gustan los perros. Es más, creo que es casi un requisito indispensable si se desea pasarla bien con la película. Si bien la animación no es extraordinaria, es visual y técnicamente pasable. En ocasiones,  los movimientos de los personajes son algo tiesos. Tal vez sea mucho pedirle a la película. Al menos, los perros lucen creíbles y convincentes (con detalles, como el pelaje y la nariz, bien hechos). El problema es que, con todo y su bienvenido intento paródico, la película no es lo suficientemente graciosa. Es cierto, tiene un encanto perrunamente particular, pero no hay suficientes chistes para que los adultos pasen una hora y media completamente entretenidos. El veredicto final lo tendrán los niños.

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