miércoles, 7 de octubre de 2015

THE TALE OF THE PRINCESS KAGUYA * * * * *

Relato universal contado en hermosa animación tradicional.
La fe y amor por la animación tradicional, cuadro por cuadro y dibujada a mano, no se ha perdido. Esperemos que así sea por mucho tiempo más. Tómese como ejemplo The Tale of the Princess Kaguya, la más reciente obra maestra de los estudios Ghibli, fundados por el viejo maestro de la animación japonesa, Hayao Miyazaki (quien nos rompiera el corazón anunciando su retiro). Los estudios se han mantenido firmes en su cánon, usando al mínimo computadoras y cualquier tecnología digital, en pos de una animación clásica más pura. Isao Takahata (amigo y socio cofundador de los estudios junto a Miyazaki), quien nos diera anteriormente prodigios de la animación como Grave of the Fireflies, consigue una película cuyo principal atractivo es su propuesta visual de parecer apenas terminada. Un minimalismo esbozado con unos cuantos trazos y pincelas. Como si lo que vieramos fueran bocetos unidos en el cuarto de edición. 

Takahata logra transmitir la sensación, casi táctil, del grafito y el pigmento frescos en el papel, incluyendo unos escenarios hermosos realizados en acuarela. En una era en que los distribuidores creen que para disfrutar un filme animado es completamente imprescindible el 3D, llega una pequeña película animada japonesa -al menos, en cuanto a su presupuesto se refiere- para darnos una lección en cuanto a impacto y contundencia visual se refiere. Princess Kaguya es para verdaderos amantes de la animación, y en general, para amantes del arte. 

Es una adaptación de un antiguo cuento japonés tradicional, una fábula con moraleja incluida, que no se siente pesadamente aleccionadora en su mensaje moral sobre la ambición, la autenticidad, y la paternidad. La vida de un humilde cortador de bambú y su esposa cambian completamente, cuando el primero encuentra durante su jornada un bebé del tamaño de un insecto. Los padres adoptivos de esta "pulgarcita" quedan sorprendidos, no nada más cuando se den cuenta de la gran velocidad a la que crece, hasta convertirse en una bella niña, sino al descubrir que es una princesa enviada por los dioses, con un botín de oro y sedas para vestirla apropiadamente, a la que bautizan como Kaguya (voz de Aki Asakura). Sin embargo, no pasará mucho para que la ambición del antes humilde cortador de bambú salga a relucir, y no sea la felicidad de Kaguya la que busque, sino la de él mismo, justo en el momento en que decida llevarse a su familia a vivir a la ciudad. 

Además de ser un deleite visual, con hermosas secuencias que en sí mismas funcionarían como excelentes cortos animados (el relato que Kaguya cuenta sobre una antigua reina), la película es  sumamente encantadora y conmovedora en su primera mitad, dramática en la segunda. Es una obra de arte. Su gran sencillez, tanto en su narración como en toda su concepción, la hace emocionalmente poderosa. En la segunda mitad, el viejo cortador de bambú se transforma en una especie de monarca enfermo de poder, hasta un final casi surrealista. El mensaje: nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde.


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