lunes, 23 de julio de 2012

LAST HOUSE ON THE LEFT * * * 1/2


Tres hermanos y una chica de nombre Sadie,
pondrán en alerta a una familia en vacaciones.

Podrá no tener una historia interesante, pero el remake de Last House on the Left (1975), de Wes Craven, maneja de manera pulsante la idea del "asesino en casa". En este caso, no es un sólo asesino, sino tres, dos de ellos hermanos. Un grupo de psicópatas, encabezados por un fugitivo de prisión (Garret Dillahunt). Es el suspenso lo que más concierne al realizador Dennis Iliadis. Además, intenta en todo momento -y vaya que lo consigue- contruir un estado de tensión emocional constante entre todos los personajes. Es una bella chica, pero a la joven actriz Sara Paxton le cuesta un poco de trabajo expresar un mínimo de tensión emocional. Al menos, en un principio. Mari, su personaje, apenas y expresa un mínimo de dolor o tensión, cada vez que su amiga es torturada por el sociópata hermano del líder (Aaron Paul, enfermizamente intenso), que en todo momento luce bajo los efectos de substancias psicotrópicas. Es hasta que los malos, que incluyen a Sadie (buen nombre, por cierto), interpretada por Riki Lindhome, la novia del líder, comienzan a torturar físicamente a Mari, cuando esta comienza a reaccionar en todos los sentidos.

Un chico (Spencer Treat Clark), precisamente hermano menor del jefe de la banda, involuntario culpable de toda la desgracia, será clave en el desarrollo de lo que sucederá después. De unas, tal vez, muy convencionales persecuciones en el bosque, la trama se traslada a la casa, en donde se encuentran los padres de Mari (interpretados por Monica "me-parezco-a-Julia Roberts" Potter y Tony "Ghost" Goldwin). Sin que lo sepan, los padres alojan en la casa a los criminales que intentaron matar a su hija. Es cuando el verdadero suspenso empieza a tomar forma (¿serán los padres las próximas víctimas?). Un par de objetos y una fotografía son de crucial importancia. La tensión crece gracias a la narración, mientras las actuaciones por ambas partes se tornan vibrantes. Iliadis sabe manejar no nada más el suspenso, sino la cámara y los encuadres. Esas tomas de la sala en la casa, la mirada subjetiva de uno de los criminales, revelan y ocultan al mismo tiempo. Justo en la mesa del centro, alguien se encuentra recuperándose. Es decisivo que a los criminales no se les ocurra asomarse ahí.

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